ESTILO DE VIDA

Veganismo y médicos. Mi experiencia

 
 
Hoy voy a hablarte de un tema que no es muy habitual en los blogs de comida y estilo de vida, pero que a mí me parece importante. Por cierto, lo que te voy a contar es 100% mi experiencia personal.

 
Cuando decidí hacerme vegetariana, supe que tendría que comenzar a hacer más visitas de las que estaba acostumbrada a mi médico de familia, para poder hacer un seguimiento de mi estado de salud a base de analíticas de sangre periódicas. Realmente, esto deberían hacerlo todas las personas, pero bueno, ya sabes, si comes carne puedes pasarte la semana hartándote a fritangas y comida basura que nadie te dirá nada, pero si eres vegan@ te someterán al tercer grado sobre tu salud a la mínima oportunidad. 
 
 
Así que, si no lo has hecho todavía, sería conveniente que, en tu próxima visita al médico, le comentes el tipo de dieta que sigues para que pueda mandarte una o dos analíticas de sangre completas al año y así asegurarte de que todo va bien.
 
Además de ir a mi médico de cabecera, conozco a otra doctora que también es vegana y me aconseja, por no mencionar las investigaciones que ya me ocupo de hacer yo en mi tiempo libre.
 
Lógicamente, lo más cómodo e ideal sería ir a un especialista en nutrición vegana o un endocrino que se centre en este aspecto. Pero hay que ser realistas, no todo el mundo se puede permitir pagar un profesional de este tipo. Además, por suerte, la sanidad en España nos permite ir a nuestr@ médic@ de familia y, a través de ese canal, acceder a la atención especializada.
 
Much@s profesionales de la medicina no están habituad@s a tratar con personas veganas, sobre todo en atención primaria, pero supongo que eso es porque la mayoría de la sociedad no mantiene nuestro estilo de vida. Pero cada vez hay más profesionales que, estando de acuerdo o no, se informan y ayudan a sus pacientes.

Mi médico de cabecera siempre ha sido muy comprensivo con mi estilo de vida. De hecho, cuando se lo comenté, se limitó a decirme que estaba bien y que haríamos de vez en cuando unos análisis de sangre. Incluso se presta a cambiarme los medicamentos si contienen algún elemento animal como gelatina sin problemas. Y eso que es un hombre de mediana edad y ya sabes que, en general, entre mayor sea la persona, más le cuesta entender el veganismo. Así que con él estoy muy contenta.
 
Sin embargo, como ahora te contaré, he tenido una experiencia muy negativa con otro médico de atención especializada, algo que creo que no es un hecho aislado, por lo que me han contado otras personas. En cualquier caso, quiero que sepas que, si te sientes incómod@ con tu médic@ de atención primaria, siempre puedes solicitar un cambio de profesional en tu centro de salud (también se puede cambiar en atención especializa, pero solo algunas especialidades. Aunque esto no sé yo si será muy efectivo considerando que normalmente no conoces previamente al especialista y solo tienes un@ asignad@ de forma indefinida si tienes una enfermedad crónica). Eso es preferible antes que ocultarle que eres vegan@, porque podría terminar generándote problemas, ya que no sabe realmente información sobre ti a efectos de efectuar diagnósticos acertados.
 
 
 
De los cambios de médico puedes encontrar información en la página de la Consejería encargada de sanidad en tu Comunidad Autónoma. No sé cuál será el procedimiento en cada sitio. En mi caso, cuando quise cambiar a mi médico en Madrid bastó con ir al Centro de Salud y pedir el cambio, sin ningún tipo de justificación ni traba. Seguramente será así en toda España.
 
La cuestión, por contarte la historia desde el principio, es que, desde hace un tiempo, he tenido problemas estomacales, del tipo: pesadez, digestiones muy pesadas, estómago un poco hinchado, gases y náuseas de vez en cuando. Al principio, pensaba que sería por el cambio de dieta, por estar comiendo más legumbres, pues nada indicaba en mis análisis que algo estuviera mal. Sin embargo, hace unos meses me di cuenta de que estaba perdiendo peso de forma inexplicable. Y eso no es un buen síntoma. Así que acudí a mi médico para comentárselo. Él, lógicamente, me derivó a atención especializada, a digestivo, pues los protocolos no le permiten hacerme otras pruebas más específicas. Hasta ahí todo normal, ¿no?

 

 
Cuando conseguí hora con la especialista (unos tres meses después) le comenté mi estilo de vida, estuvimos hablando del estrés, de mi dieta, de cualquier mancha o roncha que me hubiera salido en los últimos meses, incluso de mis alergias. Después del reconocimiento me dijo que, con los síntomas, sospechaba que, o bien era celiaquía, o bien tenía una bacteria intestinal. Salí muy contenta de la consulta porque la doctora y las residentes me trataron bien y me tranquilizaron al decirme que no creían que fuera algo realmente grave.
 
Me hice las pruebas y tardaron en llamarme otros tres meses. En este tiempo, lógicamente, me sentía igual de mal.
 
Cuando llegué a la consulta, resultó que no estaba mi doctora y la sustituía otro médico. El doctor en cuestión no es que fuera la viva representación de la simpatía. Cuando empezó a mirar mis análisis me preguntó si era vegetariana “o algo así” y yo le dije que era vegana (se lo había dicho también a la doctora previamente) y empezó a echarme una bronca de campeonato, hasta el punto de que yo ya no sabía si lanzarme por la ventana o lanzarlo a él.
 
Después de preguntarle un par de veces si algo estaba mal en los análisis, me terminó diciendo que no. Que no había nada malo, pero que un valor me había dado un punto por debajo de los rangos estimados por el laboratorio y que eso no solía pasar, que lo normal era que la gente lo tuviera alto de comer mucha grasa animal. Así que siguió con la perorata y por más que yo le decía que llevo un control con mi médico y que eso nunca me había dado mal, no entraba en razón. Entonces, de repente, me dice que me va a dar el alta, porque mi problema era claramente la dieta.

 
 
Me quedé un poco contrariada, como comprenderás, porque tengo muchísimo cuidado con lo que como para que no me falte ningún nutriente. Y pensé: “pues me da igual, mañana mismo estoy yendo al endocrino para que me diga qué opina”. Cuando me levantaba de la silla para marcharme, el señor se dio cuenta de que había otro análisis que no había mirado: el de las bacterias. Efectivamente, di positivo en una bacteria intestinal (me refiero a bacterias nocivas, no a la flora intestinal). Así que no pudo darme el alta.
 
No obstante, estuvo muy reacio a recetarme los antibióticos necesarios porque seguía con la historia de que mi problema era la dieta. Yo ya estaba cansada del tema, así que le dije que me recetara los antibióticos y que la mayoría de la gente come fatal y nadie les dice nada. Terminó dándome la razón en el hecho de que yo estaba más sana que sus pacientes que comían carne. Al final se relajó un poco, aunque volvió a decirme que la bacteria no era la causante de mis problemas.
Ese día acabé muy enfadada, la verdad, porque el incidente no me pareció más que otra prueba de la intransigencia que puede existir en torno a la dieta por el mero hecho de que comer carne es “lo que se ha hecho siempre”. Lógicamente, consulté el tema con otra profesional, porque si tengo algo claro en esta vida es que quiero ser vegana. Efectivamente, me explicó que no era nada, pues los baremos que se consideran sanos varían de un laboratorio a otro y, además, hay que poner esos resultados en perspectiva, considerando las concretas circunstancias del paciente en cuestión. En resumen, que  me llevé una bronca gratuita.
 

Ya me he tomado el tratamiento y, aunque durante el mismo lo pasé un poco mal por los efectos secundarios (¡qué dolor de cabeza!), actualmente me siento bien. Por ahora, no he vuelto a tener ninguno de los síntomas. No obstante, todavía me faltan unos meses para volver a digestivo (ya sabes cómo van las listas de espera en este país…), así que no sé con toda seguridad si ha sido efectivo.
En definitiva, he sacado varias conclusiones de esto: primero, que todavía queda un camino algo largo para que se acepte el veganismo como opción vital por el personal sanitario en general; segundo, que hay que estar informad@ sobre cómo llevar una dieta adecuada, si puede ser, con supervisión por un profesional; tercero, que hay que tener fuertes convicciones sobre el estilo de vida, para que este tipo de cosas no te hagan sentirte mal.
 
 
 
¿Has tenido alguna experiencia de este tipo con tu médic@? Anímate y comenta, para conocer tus vivencias, que seguro que alguien se sentirá identificad@.
 
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***Actualización, a 18 de octubre de 2018*** 

Más de un mes después de terminar el tratamiento, comencé a tener algunos de los síntomas de nuevo. En concreto, náuseas y digestiones pesadas, aunque de forma menos habitual que antes, eso sí.

El lunes, volví al especialista del aparato digestivo para saber si el tratamiento que estuve siguiendo había erradicado la bacteria. Efectivamente, ya no hay bacteria en mi cuerpo. Así que le expuse a la doctora (otra diferente a la primera que me atendió) cómo me siento.Estuvimos hablando un rato sobre los síntomas y volvió a mirar los resultados de las pruebas anteriores. Al parecer, los síntomas que curso son un tanto inespecíficos y se encuadran dentro de lo que llaman dispepsia. 

Me comentó que en casos como el mío, se recomienda erradicar la H. pylori, que es la bacteria que había colonizado, porque suele empeorar los síntomas, pero que no es la causante exclusiva de los mismos. Por lo visto, la mejoría que noté durante el primer mes tras el tratamiento, se debió a la acumulación del hecho de haber erradicado la bacteria y de los efectos del protector gástrico que tuve que tomar junto con los antibióticos. 

También me dijo que no me preocupara, porque la clínica que presento, aunque molesta, no es grave, de modo que mis problemas digestivos no me van a quitar de este mundo (así que voy a seguir dando la lata). Y, antes de meternos a hacer estudios complementarios, cree que deberíamos hacer una prueba tipo ensayo – error con dos medicamentos. 

Por un lado, durante un mes, he de tomar un protector gástrico y ver cómo me sienta. Por otro lado, al mes siguiente, tendré que añadir un procinético, que incrementa la movilidad intestinal, aligerando el proceso de la digestión. Si alguno de estos tratamientos funciona, no hay que hacer estudios más concretos, que intuyo que serán del tipo endoscopia (¡qué miedito!).

Por cierto, ya que en el post estuve hablando de la atención por parte de l@ facultativ@s, tengo que reconocer que la doctora que me atendió fue muy agradable y profesional. Me escuchó, preguntó y me explicó todo. De hecho, no tuve que estar haciéndole preguntas porque ella misma me iba explicando cada cosa que se planteaba. 

Además, como ya había tenido un desencuentro con el médico que me había atendido anteriormente, le comenté que soy vegana, pero que mis problemas ya existían desde mucho antes. Y, sorprendente pero gratamente, me respondió que ya lo había leído en mi historial, pero que eso no era relevante, que los análisis estaban bien y el veganismo no era algo a tener en cuenta en este caso. Como te imaginarás, salí de la consulta encantada. Me dieron ganas de darle un abrazo, pero no lo hice, que no procedía.

En fin, que ya volveré a publicar una actualización cuando sepa algo más. ¡Adiós!

 

***Actualización, a 02 de marzo de 2019***

 

 
¡Por fin he recibido el alta médica!

 

 
El jueves pasado, tuve mi última visita al digestivo. Estaba la misma doctora que me atendió la primera vez y que, como ya te había contado, es muy agradable y genera confianza como profesional, así que el trámite en sí no resultó desagradable ni tuve ningún motivo de nerviosismo.

 

 
Durante la visita anterior (en octubre), me recetaron un protector gástrico y un procinético para ver cómo evolucionaban mis síntomas. El protector lo tomé durante el tiempo indicado por la especialista (un mes) y durante ese lapso, no experimenté ningún tipo de molestia. El procinético también tenía que tomarlo un mes, pero no aguanté más de tres días a causa de los efectos secundarios (me producía cólicos…).

 

 
Tras el mes de toma, prácticamente no he vuelto a tener problemas, aunque bien es cierto que he introducido algunos cambios en mi estilo de vida. Me percaté de que las náuseas, por ejemplo, siempre aparecían después de comer alimentos con un alto contenido en grasas (aunque se tratase de grasas sanas). Así que comencé a eliminar o recortar esos alimentos. Por ello, intento evitar al máximo los fritos (por mucho que adore los nachos y las papas fritas), las mayonesas y aliolis hechas a base de aceite, algunos frutos secos y el aguacate. Sí, querid@ gofrer@, el aguacate que, al ser muy graso, si como demasiado (medio aguacate ya es mucho), me provoca náuseas durante horas.

 

 
Este dato sobre las grasas se lo comenté a mi doctora, que me confirmó que hay personas a las que les pasa. Así que tampoco es que yo sea un caso extraño…

 

 
Por otro lado, he intentado (y digo intentado, porque es muy difícil) disminuir mis niveles de estrés. Básicamente he estado implementando distintas medidas como la meditación, hacer más yoga de lo habitual en mí, practicar caligrafía (que me encanta) y ponerme límites en los horarios porque casi siempre se me va la pinza con el trabajo y, si me dejan, para aprovechar el tiempo, trabajaría hasta en el baño. Así que, he establecido horarios (que muchas veces me salto) para gestionar mejor el tiempo de relajación y el de trabajo.

 

 
Esto también se lo comenté a la doctora, ya que ella había insistido mucho la primera vez en la importancia del estrés en las dolencias estomacales. Asimismo, le dije que no es mi intención tomar de forma crónica un protector gástrico (ya sabes que tienen muchísimos efectos adversos que no estoy dispuesta a padecer, como problemas cardiacos). Por suerte, ella estaba de acuerdo en este punto y me aconsejó que solo lo tome durante unos días si me siento muy mal y, el resto del tiempo, que intente manejar los síntomas tal y como estoy haciendo ahora.

 

 
Por último, también me indicó que la dispepsia (que es lo que me han diagnosticado) suele generar picos de síntomas, de modo que habrá épocas en las que me sentiré muy bien y épocas en las que no.

 

 
En definitiva, me han dado el alta y, durante las épocas malas, si me siento muy mal, siempre puedo tomarme el protector gástrico. Aunque, si los síntomas empeoran o no desaparecen con el tratamiento, entonces tendré que volver a atención especializada para abordar otras soluciones.
 
Imagen de Marta Simón, sujeta a licencia CC0 Creative Commons (vía Pixabay)
 
Espero que mi historia, aunque no sea la más interesante del mundo, te haya ayudado a identificarte si te has encontrado alguna vez en una situación parecida o que, al menos, te haya entretenido durante unos minutos.
 

 

¡Hasta el próximo post!

 

 
 
 
 
 
 
 

* Las imágenes contenidas en este artículo están sujetas a licencia CC0 Creative Commons (vía Pixabay).

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